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(7 de Julio)

… Me he pasado la vida trabajando duro. Empecé como vendedor de naranjas en las calles de mi pueblo, haya por los años 50. Mi padre era cerrajero, mi madre una humilde ama de casa. Me acuerdo que entre mis hermanos mayores y yo nos íbamos a trabajar para el señor fulano, por que esa era la única manera de ayudar en la casa familiar y pagarle los estudios a los tres pequeñines de la casa, dos chica y un chiquillo enfermizo.  Cuando alcancé los 16 años, me matriculé con unos ahorillos que pude conservar en una escuela del pueblo de al lado. Mi padre me dijo que eso era una buena elección y me ayudó a reducir mis labores en el campo. Mis hermanos mayores, luego fallecerían en un accidente dentro de la mina en la que trabajaron durante unos 7 años. Mi madre no puedo soportar esa pérdida y años después se moriría. Padre y yo tuvimos que tirar para adelante con los tres chiquillos de la casa, que ya no eran tan pequeños, pero que juramos que no iban ha tener que trabajar. Dejé mis estudios, pero ya sabía leer y escribir correctamente, y me dediqué otra vez a los trabajitos que ofrecían los múltiples señores que deambulaban por las calles de mi pequeña ciudad. Recuerdo que más de una vez mi padre me defendía contra los abusos de esos tacaños, cosa que otras muchas veces no acabaría muy bien. Una tarde recuerdo que mi padre llegó a casa borracho y vociferando. Asustó a las chicas, que por aquél entonces ya contaban con 15 y 17 años respectivamente. Padre chillaba, maldecía a todos y a todo. En un momento se calmó y me miró a mi. Al cabo de un rato me preguntó:

– ¿Dónde está Luís?. Luís, o Luisito, era el benjamin de la casa y siempre estaba enfermo

– Creo que está en la casa de la tía René. Respondí sin estar muy seguro

– Acompaña a tus hermanas a la casa de la tía René y regresa aquí conmigo. Me dijo eso con tono muy seco. Yo obedecí y me llevé a las niñas a la casa de la tía que vivía como a 5 manzanas de la nuestra. Y salí de mis dudas, por que allí me encontré con Luisito jugando con el perro sarnoso de la tía.

– Tía, te dejo aquí a Florencia y a Dorée, tengo que regresar con padre que quiere hablarme. Le dije a la tía mientras me invadía una sensación de soledad y una enorme responsabilidad, sin yo saber por qué razón.

– Descuida hijo mío. Ve con tu padre. Ya sabes que tus hermanas y tu hermano pueden quedarse aquí conmigo todo el tiempo que quieran. Ve con Dios.

Tomé el camino de vuelta a casa, pero mis piernas me obligaban a marchar muy rápido mientras mi mente me retenía. Así a trancas y barrancas, con una revolución interior y un miedo a quedarme solo, llegué a la puerta de mi casa. Todo estaba en calma. Abrí la puerta y entendí cientos de cosas a la vez. El hombre se había ahorcado.

Mi padre era un trabajador nato, un hombre temeroso de Dios y un padre ejemplar. No decía siempre que enfrentarse a ésta vida sólo requiere dos cosas: Humildad y respeto. Que todo lo demás solo formaba parte del juego y las distracciones que el señor nos ofrecía para probar nuestra capacidad y nuestra fe. Que el trabajo no era más que el brazo alargado de un bocado diario, y que la muerte en realidad no empezaba si no se había vivido primero. Por eso, cuando lo descolgué, no solté ninguna lágrima. No podía llorar ante el cadáver de un señor que no había llorado ni cuando sus hijos en plena labor para ayudar a alimentar a la familia se mataron en una miserable mina. Tampoco lloró cuando su amiga y compañera rompió los lazos con el mundo exterior en una agonía que la consumió día a día durante casi 6 años, hasta que murió y lo dejó solo con cuatro vidas. Un señor que jamás nos miró como un problema, si no como sus propios hijos. Esos hijos a los que dejó en una mesa, donde yo lo encontré, una carta en la que pedía perdón por haberse matado de esa manera, pero que para él lo más importante era que entendiésemos que él no era un extraterrestre y que su corazón ya le estaba pidiendo exageradamente que se reuniera con su esposa y sus dos hijos mayores. Padre había descubierto que le quedaban muy pocos meses de vida debido a una enfermedad (que años después supe qué era…) y había decidido no permitir a sus tres hijos menores verle morir lentamente sobre una cama como un inútil. Leí la carta y la guardé en el bolsillo de mi chaqueta. Luego tomé una cajita que había al lado, que antes en la casa jamás había visto y la abrí. Padre nos había dejado su herencia: Un reloj que le habían regalado por un trabajo duro en donde hubo problemas para pagarle en efectivo, pero que el dueño le prometió que le iba a pagar cuando hubiese cash, entonces el hijo del dueño, más o menos de mi edad, que estudiaba en la gran ciudad se quitó el reloj de oro, regalo de sus padres, y se lo dio a mi padre en señal de confianza por el honor y la palabra de su progenitor. Mi padre no quiso aceptar el regalo, el padre del muchacho tampoco parecía muy conforme con ese regalo, ya que el reloj costaba mucho mas que lo que deberían pagarle a padre por el trabajo realizado. Pero al final el muchacho insistió y padre aceptó. Guardó el reloj para no dañarlo y para que nadie se lo robara, pensando que así, cuando el muchacho y su padre regresasen con el dinero, él les iba a dar una muestra de su honradez devolviéndoles el reloj intacto y sin ninguna fisura. Cogí el reloj, busqué las cosas que podrían servirnos para un largo viaje y después de colocar a mi padre sobre su cama y cubrirlo con una manta blanca de mi madre, salí de esa casa que se había llevado unas vidas miserables para no regresar nunca mas. Caminé hasta la casa de la tía René y le expliqué. Ella me pidió que le dejase a los tres niños, que se iba a encargar y que no me preocupase por nada, que buscase alguna manera de trabajar y de estudiar, y así poder regresar a por ellos.

Y eso hice. Me fui a buscar la suerte a la gran ciudad. Cuando llegué por primera vez a ese lugar que padre siempre prometió llevarme, pero que el tiempo jamás jugó a su favor, entendí del por qué nos matábamos en los puebluchos para poder vivir miserablemente comiendo un pedazo de pan al día y algunas veces, un plato de lentejas. Esa cosa llena de edificios altos, coches volando por todos lados con sus bocinas, gente en cantidades innumerables, y no se cuántas más cosas, absorbían todo sin miramientos, para mantener un status bastante alto, ya que el tren de vida de los que manejaban las cuerdas de esa gran urbe, debía de ser muy costoso. Caminé sin saber exactamente por dónde empezar a buscar las respuestas a las miles de preguntas que se me vinieron a la cabeza. Ya cansado y un poco hambriento, me senté en una plaza llena de pájaros y simplemente observé. Dentro de mi, y jamás me expliqué por qué, decidí que a mi no me iban ha absorber. Mi primer empleo fue de limpiabotas, luego hice cargas y descargas en el puerto de la ciudad. Hice también de camarero, vendí periódicos y material escolar. Trabajé de lazarillo, trabajé también de ayudante de cocina. En definitiva, no hubo trabajo que no hiciese en esa ciudad pese a mi avanzada edad, contaba ya con 25 años y aveces los más chiquitines se llevaban los mejores trabajos, ya que no sabían todavía exigir una paga que no fuese para caramelos, o para ir a jugar al futbolín. Un día tuve que trabajar de jardinero para un señor que vivía en una de las zonas donde sólo los pies más divinos podían pisar. El señor en lugar de pagarme, me regaló un carrito y una mula, yo acepté encantado el regalo, por que al menos iba a tener transporte para mis desplazamientos en la gran ciudad. Pero quedó claro que ese regalo por mi trabajo de jardinero, me iba a aportar más calderilla de la que habría imaginado jamás. Pasé a usarlo para ayudar a las ancianas a llevar sus compras a casa. Luego para transportar pesadas cargas de un lado para otro. Mis ahorros aumentaban, y pude alquilar una habitación casi cerca del centro de la gran urbe. Dormía en lo que yo mismo bauticé como “burreau du transports”. Un par de veces me robaron, pero yo me recuperaba pronto. Me acuerdo que cuando la policía ya empezaba a darme mucha lata con mi vieja mula, decidí comprarme una pequeña moto que iba sujeta a otro carrito. Sin permiso de conducir conduje durante varios meses, pagando multas y trapicheos a los agentes. el negocio iba muy bien. Cuando cumplí 35 años, ya tenía dos camionetas, tres motos, un local con nombre “TRANSPORTS FLORENCIA LA DORÉE”. Empecé a comer caliente y dormir caliente. La tía René y mis hermanos se trasladaron a la gran ciudad y ellas se ocupaban de varias cosas en la mini empresa. Cuando cumplí 45 años, ya tenía dos 10 trailers, unas 150 camionetas, 200 pick up 4×4, una avioneta de segunda mano, siete barcas a doble motor, 500 motos y tres oficinas en la misma gran ciudad. Durante esa época de bonanza, Luisito murió a causa d una de sus múltiples enfermedades a la edad de 28 años. Mis dos hermanas que habían estudiando, una economista, la otra abogado, ayudaban ha hacer crecer crecer la empresa. La tía René era la que se encargaba de hacer que nuestras vidas tuviesen el sentido que podría dar cualquier persona responsable para enderezar y unir a la familia en los momentos de debilidad, y así funcionamos durante mucho tiempo. a los 55 años, tengo mi jet privado, mi mansión en  las afueras, varios edificios, acciones en 5 empresas de transportes, acciones en 2 empresas de telefonía, una flota de camiones circulando por todas partes del mundo, tres barcos mercantes, un muelle con bastante entrada. Tengo negocios aparte en Singapur, en Vietnam, en Japón, en Mozambique, en China, en Egipto, en muchos países del norte de Europa, he abierto un centro médico en mi pueblo, cinco escuelas, he fundado varias universidades, una de ellas en mi pueblo y he hecho donaciones a causas por las que me dicen los medios “filántropo”.

Ahora tengo 70 años, soy considerado uno de los 10 hombres más ricos del planeta. La revista forbes me colocó una vez en la cabeza de la lista, pero esas cosas no me importan. Mi empresa se llama ahora “LUIS XI” en honor a mi hermano menor y en el puesto que ocupaba en la familia.

Esta mañana me he sentado a ver un canal de televisión que al parece no sabía que tenía. Estoy jubilado y paso mucho rato haciendo zapping. El canal, si mal no me acuerdo, se llama RTVGE internacional. Vi que en un lugar del mundo, un líder africano celebraba el aniversario de su grupo político. En un momento de su alocución, el líder dijo algo así como “¿POR QUE NO PUEDO SER RICO SI MI PAÍS ES RICO?”. Llamé a mi secretaria y le pedí que me buscase datos sobre ese país. Cuando los recibí me quedé un tanto sorprendido de las noticias que hablaban de ese país, de sus políticas y de las condiciones en las que vivían sus habitantes en un país rico, y con un líder dictador también rico. Les juro que no pude evitar hacer un recorrido a través de mi vida. Ahora que lo miro bien, creo que ya tengo la pregunta que le haría yo a ese señor que de repente es multimillonario gracias a que su país es rico. Mi pregunta sería:

¿CÓMO DICE USTED QUE SE LLAMA SU EMPRESA SEÑOR PRESIDENTE?

En caso de que no obtuviese una respuesta de su parte, me la daría yo mismo. Por que después de haber investigado un poco sobre ese señor y su poder económico, he llegado a la conclusión de que todo su dinero proviene de una empresa pública llamada:

REPÚBLICA DE GUINEA ECUATORIAL

Pero, lo raro es que todo parece indicar que se trata de un país. Pero bueno, en este mundo, cada cual eligió un camino diferente para llegar a ser MULTIMILLONARIO. Y que conste que nada es perfecto

¡BIENVENIDO AL CLUB SEÑOR OBIANG NGUEMA MBASOGO!

Nsé, el pobre